martes, 7 de septiembre de 2010

Cuando aprendí a llorar

Hoy me di un paseo con una vieja amiga, la soledad, me subí a un bus y en su consecución se subió con guitarra en mano una desconocida que se veía y sentía como si fuera a regalar un hermoso alud, acaricio la guitarra y se salió el sonido de lo que una vida entera podrías escuchar, nos arrojo dos canciones una al final y otra al principio sin intermedio ni continuación, de tal manera que el talento no importaba y solo la falta de suerte nos regalo el deleite de oírla gratuitamente en aquel autobús, se bajo y se fue encomendada en los centavos que se le dio, la vi y me sonrió y me di cuenta que ese era un hola y el adiós, y el bus solamente continuo incoherente con el pasado pero responsable del camino a recorrer, solo al llegar al destino de mi viaje me di cuenta que ya no caminaba un yo y nada, más bien era un yo y esa canción, más bien esa mujer de cabello camaleónico que me enseño a llorar, de la que me voy a olvidar, no sin antes caminar de la mano de esta tan tranquila, pacifica pero carente de algo, soledad.